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Relatos de pingüinos ( II ):Tierra roja al occidente (parte 1)

Un zumbido infinito inundaba su cabeza y se convertía en la única realidad hasta que una luz encandiló su mirada.
Luegode retomar los sentidos, logró comprender que lo habían trasladado a unaclínica veterinaria en el Uruguay por cuestiones de obras sociales y de diferenciasentre lenguajes.
En cuanto una distracción le dio la posibilidad de quebrarlas reglas, se escapó velozmente hacia donde la gente no llevaba termos bajoel brazo pero que la costumbre de mate era acompañada por una empanada.
Seconfundió, esta vez su sentido común lo llevó al oeste de nuestro país dondelas temperaturas eran mucho mas altas que las de su ciudad originaria. Parasoportar el camino tuvo que aceptarle a un anciano unas hojas para mascar.
Elanciano, quien no conocía a esos animales pero que nada le extrañaba poresas tierras, le ofreció hospedaje por un par de días, por lo que el pingüinoopto por descansar y tratar de conseguir un mapa y una brújula para poderllegar finalmente a su destino.
Esto ultimo, la brújula, le costo conseguirlapero gracias a su intelecto consiguió hacer una con sus patas y elementosque encontró en la casa donde se hospedaba.
Al cumplirse una semana dela llegada al pueblo, el pingüino partió con rumbo al sur, que al parecerera la dirección de su destino…
Por supuesto, esto no le fue fácil. Eraun pingüino, y además de sufrir el calor y deshidratarse continuamente, losautos no paraban cuando este hacia dedo. Lógico, estos no lo veían, era demasiadobajito para la visión de un automovilista.

Caminaba sufriendo cadapaso que daba mientras miraba una postal del obelisco al cual añoraba visualizar.Talvez era una manía o solo una tendencia que al mirar esa postal le dabafuerza para seguir su camino…

Continuará…

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